Teléfonos celulares, escuelas y aprendizaje

La cultura popular ha demostrado ser más perseverante que quienes, en nombre de la corrección, intentan disuadirla aplicándole normativas que buscan limitar, encausar o directamente censurar su expresión. Pasó con las costumbres “paganas” tantas veces demonizadas, pasó con el uso infiel del lenguaje que no ha dejado de ser utilizado para juramentar, imprecar, blasfemar y desobedecer. Hasta la ilustre e inflexible Real Academia Española, encargada de velar por la «propiedad, elegancia y pureza» de la lengua castellana, se vio obligada a incorporar el uso desnaturalizado de algunas voces y vocablos que hacían a la identidad y al tozudo patrimonio cultural de algunas regiones ultramontanas.
Algo de eso, se podría decir, está ocurriendo con la cultura digital y la apropiación pública de algunos dispositivos de la comunicación. Me refiero, en particular, al uso del celular, que ha sido adoptado por el 90% de la población mundial. A fines de 2012, sin ir más lejos, la cantidad de aparatos habrá superado el número de habitantes que tiene el planeta. Estos números no equivalen a la cantidad de líneas activas (que es menor), pero es un dato de la realidad. Es decir, cada quien puede tener su propia opinión sobre las consecuencias de este proceso, pero hay una dimensión social y política de ese proceso que para las ciencias sociales es insoslayable. Los usos y aplicaciones que tienen en la actualidad, por ejemplo, están muy lejos de la misión con que fueron concebidos originalmente; y a pesar de los esfuerzos por controlarlo, el celular altera cada vez más –y todo parece indicar que de un modo irreversible– la vida privada, social e institucional.
La escuela, obviamente, no es la excepción. No sólo porque el celular –con una innegable funcionalidad epocal para las familias– es incorporado a edades cada vez más tempranas, sino porque –tal como lo indicara la Ley de Moore– sus prestaciones aumentan progresivamente mientras sus costos disminuyen. ¿Qué hacer frente a este escenario? ¿Dejamos que la escuela siga reproduciendo ambientes y escenarios del pasado, mientras entre los alumnos se genera una interacción cada vez más alejada de lo que –se supone– debería ser la renovada misión de las instituciones educativas en la actualidad? ¿Vamos a desaprovechar las oportunidades pedagógicas y colaborativas que el celular abre para la comunidad educativa? ¿No hay en el uso del celular una empatía y una didáctica inexploradas?
A esto hace referencia la nota de Diego Igal en el diario Tiempo Argentino del sábado 12 de mayo pasado (El celular deja de estar prohibido en las aulas y ya es un útil escolar más), tras la decisión de algunas instituciones educativas argentinas y extranjeras que –resignadas o valerosas– decidieron darle vía libre al uso del celular. Acompañando su artículo salió una columna mía en la que narraba la experiencia reveladora que significó para mí la utilización del celular como recurso pedagógico en la enseñanza de la filosofía. La anécdota se remonta a fines de 2006, cuando me fui percatando de algunos cambios que ocurrían en los más jóvenes. Noté que en la misma medida que abandonaban el reloj pulsera comenzaban a incorporar el celular. Esos dos cambios de hábitos implicaban, simultáneamente, el abandono de una temporalidad y la adopción de una nueva espacialidad. La temporalidad que histórica y tradicionalmente había mantenido compartimentadas las vivencias del pasado, el presente y el futuro, progresivamente comenzaba a fundirse en la experiencia de una nueva temporalidad, donde el presente se volvía abarcador y omnipresente. Del mismo modo, la espacialidad que había compartimentado lo íntimo y lo social se rompía en una extimidad abierta, solidaria, desprejuiciada y planetaria. Es decir, el aula que para nosotros los docentes era un lugar cerrado y a resguardo del mundo, para los jóvenes –con los sms– se había convertido en una gran plaza pública en la que se mantenían en estado asambleario y consultivo permanente con sus “contactos”. Me pareció entonces que como docentes debíamos salir de nuestra propia cuarentena y abrir las ventanas de los claustros (cuya significado proviene de la voz latina claustrum, “cerradura”, “cierre”) para abrirnos a un mundo que, desde el higienismo del siglo XIX y sin solución de continuidad, era visto como contaminante.
A partir de ese momento comencé a experimentar la incorporación de los canales intersticiales que abrían los celulares como recursos pedagógicos para la enseñanza de la filosofía. Sobre todo para la producción filosófica. Por ejemplo, en los talleres de filosofía para adolescentes, después de hablarle a mis alumnos de la duda cartesiana, en lugar de decirles “saquen una hoja”, les decía “saquen sus celulares y manden a la persona que ustedes quieran un sms que diga pienso, luego existo?”. Sobre las variadas respuestas que llegaban de vuelta al aula, y en un clima de algarabía y entusiasmo, comenzábamos a trabajar la idea de sujeto moderno y la metamorfosis que ellos mismos –y yo, en consecuencia– estábamos experimentando.
Ese aprendizaje fue el acceso iniciático a la cultura colaborativa y fue, a su vez, el comienzo de Mundo extenso, un libro que saldrá en agosto próximo y en el que trabajo la sorprendente –y todavía poco explorada– dimensión social y política de las nuevas tecnologías.

Publicado en Agepeba el 17 de mayo de 2012

link a la nota: http://bit.ly/L9EMoD

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