El vuelo de la mariposa

El delicado aleteo de una mariposa en Pekín,
provoca un tornado en Nueva York.
El efecto mariposa

Somos todos tan dignos de compasión.
Tan terriblemente dignos de compasión…
León Tolstói

Tribulaciones

Nada tiene demasiada importancia.
Aquí un pronombre y su tristeza
tristeza de nada
como el barro de barro no es
y las palabras de palabras no son.
Un yo que acuesta su ser
y se deja sábado
como tantas veces se dejó.

Parte que me parte
que como muchas otras partes
sufre su particular desgarro de uno.

Todo pudo haberme pasado
como de hecho sólo algunas cosas
me pasaron.

Nada alcanza, nada sobra,
las cosas son así,
como todo.

Este abundamiento es mío.

 

 

Golem

Engendro voraz
despreciable
tus fauces de relámpago y osamenta
muerden con fuego desesperado
sin miramientos
soberbia

Hiena exagerada
certero ataque de vehemencia
Patada al alma

Tu cintura gruesa
tumba
supura pus por los escombros

Gordura de la modernidad
te encomendaste a las penumbras
reventada

A otra cosa con tu progenie
de imperio contranatura

Aguila filosa                 retorcida
cuando hieres hondo
callas
para aturdir

Muerte irreductible
ahuecamiento en la vida
no te entiendes

Exceso de odio    quebrada
no tienes tiempo
dejas      carroña
y buscas nuevas sangres

Cuando apareces
casi todo está perdido

17/03/92 (después de la bomba en la Embajada de Israel)

 

 

Las lenguas romances

En las lenguas romances
cabe Borges con precisión inglesa
y el cuerpo apaleado            solo
de César Vallejo.
Sus inflexiones son coartadas
de moros y cíngaros
de sefardíes y latinos.
Y el ancho paladar del Mediterráneo
el olimpo azul
desde el que hablaron Dante,
Cervantes y Rabelais.

A sus voces apasionadas
se arriman los gitanos
con fuego en las palmas,
y pertenecen los distantes rumanos
que por las noches sueñan en verso.

Con las lenguas romances
Neruda pensó odaliscas elementales
y Miguel Hernández
selló la delicadeza
con nanas de dolor
y cebollas de hambre.

Por sus dialectos
hablan el acordeón,
el saxo y la ira,
la tierra exagerada,
mi controvertida historia
de idas y venidas
y simiente sin prejuicio.

La luna se distrae         insalvable
cuando alguien nombra
con el gesto largo de su abrazo.

Las mujeres no perdonan
si falta el ardor de sus palabras.

Si los dioses sueñan,
lo hacen a la sombra
de ese verbo primero.

 

 

El vuelo de la mariposa

Belgrado Tuerto,
el mundo soltó amarras del mástil mayor,
sólo las Madres indivisas se atan
a los puentes del Danubio azul.

Triste Trieste,
los cantos de sirenas hechizan
con silencio
omisión
bombas.

Un solo gorrión basta
para alterar el movimiento de la tierra,
pero Venado llovido, mojado,
cree en la distancia.

En la noche triste,
Venado Trieste,
no tiene oídos
para los remotos silbos albanos
que a su paso marchan.

Es tarde para vivir a salvo,
una gota de agua desvía el gran río
y el lejano abismo verde
ya no redime a los venados.

 

 

La caída

Caen los hombres
unos tras otros
como números de un almanaque eterno
en el que nunca llega diciembre,
como las fichas enlazadas de un dominó
que comenzó a desmoronar
en el magma exagerado
de todos los principios.

Caen los hombres
y se hacen nada,
silencio,
bocanadas de muerte,
memoria extraviada
en la posta sigilosa de la carne.

Las lechosas tierras del paraíso
ya no tienen manzanas para tentarnos.
Somos como dioses
y el mundo es nuestra obra.

 

 

Con ciencia

Ella mata
encontrando
lo que evita.
Cuervo
en el pecho.

Vespertina
cierra el sol
encoge
y se va.

Tarde.
De perros.

Los lamentos
siempre
pierden
el colectivo.

 

 


La muerte de un pronombre

En el corazón de las cosas
se encuentra una tristeza

George Steiner

Es tarde esta tarde
y hasta el horizonte depone
sus quimeras.

Yo fui un lugar provisorio
en el que los ojos de la gente
se prendían con facilidad.
Mis pasos eran una intuición que latía
y no había nombre que me cifrara. Creí
en un ángel, mío.

Hoy mi marcha no distrae a nadie.
Ahora conozco la muerte
y mis pasos son huellas,
la prueba de que al menos una regla
no tiene excepción.

Mi cuerpo ha cambiado, pesa
y respondo al nombre de Fernando.
No sé cuánto de mí acude a ese llamado
ni cuánto se ha perdido en el camino.

Recuerdo una novia
que me arrebataba el pecho
con sólo recordarla.
Ivonne era su nombre.
Viajé mucho por ella, cientos,
miles de kilómetros
sólo para verla.
Tenía la cara de un ángel
y sus mejillas rosadas
son la única prueba de dios
que presencié en mi vida.
No sé que será de ella
ni qué quedará de aquellas mejillas
que hablaban en los tonos del rojo.

Solía llenarme la boca
contándole lo que iba a ser.
Hoy los coros entonan postreras elegías
para ese primer pronombre lleno de otros.
El mundo es un puñal a la medida de mi pecho,
el mismo que alguna vez arrebató Ivonne.

La tarde es lenta, de abril,
y el viento del sur no limpia.
Las ventanas abiertas               me tientan.
Debiera saber las razones
de este quedar y no saltar,
pero no lo sé.

La dignidad es este barro
que me abunda.

 

 

Cuántos hijos tendrá Ivonne

¿Cuántos hijos tendrá Ivonne?
la que abracé con todo el cuerpo,
la que me besó con temor.
Ya no debe tener miedo a los besos
y su consuelo en noches de insomnio
no debe tener mi cara.

¿Estará viva? ¿Estará?

El pibe que deportaron a este hombre
no tiene respuestas       ni juicio
para la prosaica costumbre de morir
y dejar de ser.

Vida simple, sujeto exagerado,
canción vieja de occidente.

Ivonne, marrón agua dulce,
¿entramos y no entramos al mismo río
aquellas tardes de verano
en que nadábamos con inocencia?

 

 

Viento norte

Cómo mata el viento norte
Charly García

No voy a discutir más los días de viento norte.
Cuando el aire pesado, henchido de planicie
arrastra vehemencias desde atrás de la ciudad,
desde algún incierto horizonte,
no tengo nada para ganar.
Seguro que ese día
no acertaré la quiniela ni recibiré regalos,
ninguna mirada femenina extraviará sus ojos
en mis azarosos pasos
y la Cooperativa Eléctrica me cortará la luz.

Esos días en que el aire conspira
las palabras son más insuficientes que de costumbre
y el sentido de la vida se hace especialmente inasible.
Son días difíciles de sobrellevar, se carga con ellos
como quien estiba sobre sus espaldas un cristo sin dios:
pura muerte y abandono.

El viento norte
sabe que el mundo es pasible de disolución
y sobrevuela las casas y las cosas
como un arcángel beato
blandiendo los secretos de nuestros lacónicos destinos,
esperando, confiado en que más pronto que tarde
frecuentaremos los rigores de la eternidad.

Respirar se hace espinoso
cuando la única distancia
entre uno y el mundo, entre los objetos,
es ese zumbido cubriéndolo todo de polvo.
Las ingentes mañanas de agosto
son cautivas de ese esbirro del infierno
que husmea y horada sin clemencias
las frágiles hidalguías que nos olvidan.

Nunca gané una discusión los días de viento norte.
Esos días es en vano que defienda nada: pierdo.
Un epitafio posible para mi piedra última
podría incluir un verso de desprecio
para esa borrasca sin delicadezas
que domina las ominosas letanías de la llanura.

Esta región especialmente enamorada
de los vientos espectrales
y las exageradas lluvias estivales
no tiene mucho más para ofrecer
que ese infatigable fervor de nada
que desde el norte, más allá de la ruta,
viene y viene
a rememorar el desencanto.

Hay épocas, tardes seculares,
en que no existe otra cosa
que ese maldito resoplido
atentando contra mi dolorosa paciencia.
Entonces miro a través de los vidrios tristes,
y ahí anda, diablo presuroso
colándose por cuanta hendija encuentre a su paso,
dispuesto a arrasar lo poco que controlamos.

 

 

Réquiem

Si supiera Dios
qué tan lejos ha llegado todo.

Si supiera que en su ausencia
lo cambiamos por nada,
que lloramos en seco,
sin magia ya.

Si supiera que enfermamos de realismo,
que la universalidad
se redujo a la expresión desgarrada
de cada una de sus individuaciones.

Si supiera él
—que era lo que era—
que no hay quién reconcilie el día con la noche,
que no queda nada por encima de lo que conocemos,
que nos quedó el hueco,
que se cayó el Buro de Merlín
y nadie nos libra de todo mal.

Si supiera Dios
que la ciencia juega a los dados
y la organización de los astros
quedó en manos de un Cristo cíber.

Si supiera que el amor es una ajenidad común,
que ningún hombre muere de risa
y se agoniza sin combate.

Si supiera Dios
que confirmamos lo que amenazábamos,
que nos dio miedo el mar de Sileno
y pulula bilis negra.

Si supiera que fue un invento inútil,
que sólo nos une el espanto
y que no hay nadie
golpeando las puertas del cielo.

 

 

Pudo haber sido Caetano

A Leandro Tuntisi

Se nace múltiple, se muere único
Epitafio de un actor griego, siglo III A.C.

Este paisaje sin paisaje

que lo vio nacer
no se compadece
de los hombres comunes.

Leandro a contramano
leía a Maiakovski
y empuñaba a los tres Pablos
como un redentor troyano.

En un pueblo espectral
de calles escritas sobre tierra suelta
Leandro lee a los poetas de siempre,
como cuando tenía quince años
y Argentina, como hoy, naufragaba.

Entre lo que era y lo que podía
¿eligió ser Leandro?

En este agujero del mundo
sólo importante para unas pocas almas en pena
los días son un remedo del abismo.
Leandro se quedó. Lo acunan
los metódicos vientos del desdén.

Es Leandro, poeta venadense
en un país que también pudo ser otro.

 

 

Rapsodia de agosto

La visibilidad
ha cansado el cielo.
Hojas y tierra vienen.

Como el anciano de Kurosawa
atrapados en el viento
marchamos.

O el camino o el sombrero.
Sobrevivir
es una empresa innecesaria.

Mirar con arena, entender
que la memoria es un subsidio
evanescente.

El último momento
no me tendrá de testigo.

 

 

La zanahoria de Platón y el aforismo 91

El Tajo es más bello que el río que corre por mi aldea,
pero el Tajo no es más bello que el río que corre por mi aldea…

Fernando Pessoa (como Alberto Caeiro)

La zanahoria
cuelga del cielo,
atada al horizonte, va. Atrás
aún corre
mucha gente.
Tierra débil.
Tambor y equilibrio.
El mundo son
—no es—
doscientos terribles
litros sólidos
rodando
a nuestros pies,
como cuando éramos chicos
y los misterios
se juntaban
soterrados
en un baldío.

Alegoría de la boca.
Ese hueco ontológico
sin palabras propias,
no se llena
con vasos ni besos.
Las sombras persisten,
desfilan locas.

Barahúnda del tiempo,
perdulario,
el río en que
fuimos y no
nos baña dos veces
en el mismo aforismo.
Y nosotros,
tentados de nada,
hojas de otoño
vamos.

 

 

Destino

No alcanzan los hospitales,
las camas blancas
donde caer y tirar
la osamenta cansada, medrosa,
de entusiasmos gastados.

La noche se propaga
con el tiempo a favor.

Las calles apestan
sin sueños              ni bullicios,
constreñidas
a las penitencias del frío.

Todos duermen o mueren
sin demasiadas razones.

Queda la infidelidad de la palabra,
este largo descenso a ninguna parte.

 

 

Volver

Los monstruos atávicos
y las tempestuosas oscuridades
me podaron las manos
de madre y rayuela.

Vuelvo de todas las guerras,
tullido, pañuelo cansado,
sin el cielo de la gloria.

Vuelvo de las siete tragedias,
de los komas romanos,
de las blasfemas medievales,
de los hondos avernos del Potosí,
de sangre en todas las tierras
como los hongos que emergen de las heces.

Soy el capitán de una batalla vieja,
sin soldados ni grandeza
que recorre el camposanto
en busca de lo que ya no hay.

Las ruinas justifican el diluvio.
Las endebles quimeras de este uniforme
son un lastre del que habrá que despojarse.

Nuestro tiempo es un sueño
que defecciona en lo real.

Detrás de la luna, inactual,
el cielo es una noche larga.

 

 

In memoria

Soy un fue y un será
y un es cansado.

Quevedo

La bicicleta con candado,
atada a un árbol,
y mi mamá en el cementerio.
La famosa regla sin excepción
cumpliendo la amenaza
que ahora me espera.

El tiempo me hará indulgente
tal vez simple,
un seré cansado.

Todo cuanto he sido
se desvanece en el aire, me sigue
como una breve nota
al pie de página:
Fernando Peirone
nació en el 63,
hijo de un camionero italiano
y de una Semperena entusiasmada.
Hizo fuerza
y algunas veces se cagó encima,
crió sus hijos como pudo
y escribió un par de versos afortunados.
Tuvo amistades de fierro
y sucumbió a los sabores picantes
que le dieron muerte
una siesta común
que ya nadie recuerda.

 

 

Clausura

El agua
que por los molinos
de mi época
vino
me dejó
el campo,
pecho abierto.

Si al menos
en el cielo
fuera noviembre.

Pero no,
las legiones de la noche
han clausurado la primavera.

 

 

El bar de Mario

Hay un resto que se niega a morir,
y sobrevive de todas maneras.
Esa es nuestra sabiduría…
León Rozitchner

Mario trae un vermouth
y después otro
y otro.
No sabe —aunque sospecha—
que en ese ir y venir,
la rueda del mundo
detiene su marcha
para preguntarse
por el camino recorrido,
por la descarriada travesía
de los días y las noches
que en el principio
fueron una y la misma cosa.
¿Qué hay más importante que el tiempo inútil,
que negarse a trabajar
y tras resucitar de una siesta
entregarse a un campeonato de vermouth
con dos perfectos atorrantes?

Somos, fuimos, siempre,
como los días viernes,
una ilusión.
Mario, gentil y medio quemado,
habla de circunstancias
y trae una bandeja de vermouth.
Sabe que todo es una excusa
para desobedecer
las horas de este gran lunes
que se acuesta sobre el planeta,
alrededor nuestro,
aprovechando la desidia
con que la gente
se abandona     y muere
sin saber por qué,
como el bar de Mario,
saqueado por el moho del tiempo
y la desconsideración de los televisores
que nos ataron a las sillas del mundo
para pasarnos la gran película de la vida
que protagoniza Robert Redford.

¿Para esto el universo centelleante?
¿Para esto la Voluntad de Schopenhauer?

Mario sabe —intuye—
que cada vermouth
es una contravención
que hiende sus dientes en el decoro.
Y en todas partes
el sistema capitalista no se repone
de la cardinal irreverencia
que significa leer poesía y brindar,
declarar célebre y sagrado
lo que pasa y nos pasa,
ser esa irredimible fugacidad
que se agazapa
en dos fetas de salame casero
y unos cuantos dados de queso
con pimienta negra.

El sentido de las cosas
se vuelve a poner en juego
con cada vermouth que trae Mario.
Por eso sonríen cómplices los parroquianos
y se alborota el barrio
cuando llegan Los Dalton.
La vida de cada uno,
esa lista de efemérides
sin demasiada importancia
se deshace en la venturosa brevedad
que nos abraza
como si fuera la eternidad.
Nada es más importante
y no hay otra oportunidad
para ese único momento
que llueve
y se va.

Los Dalton ríen sin culpa, sentencian:
“Lo mejor no ocurre cuando ya hemos muerto,
lo mejor es ahora, la voz de Ella,
los besos que le di, el ímprobo vermouth de los viernes”.

El tiempo está ocupado con nosotros.
Las persianas miran de reojo,   desconfían
como un cajero de banco.
En el bar de Mario algo se escapa.
El aire de la tardecita,
un par de versos de Pavese,
Los Dalton que ríen
repletos de metafísica,
y la gran Ella que anda cerca
con el viento alborotado entre hebras oscuras.

La arrinconada belleza de los lugares comunes
habla y se desemboza en el vaho
de nuestras bocas sin vergüenzas:
“Estar enamorado —dice solemne uno de los Dalton
y acompaña sus palabras con un largo sorbo de Cinzano—
es estar plenamente aferrado a la vida”.

Es viernes, el día del diablo.
Frente a la Estación de Ferrocarril
cae sin ganas
la tarde.
Todo se ha detenido.
El viento leve es un olvido de Dios
y Dios también es olvido.
Mario se acerca
con la última tanda de vermouths
y se ríe.
Sabe que él
es el sumo sacerdote
de ese templo de la perdición.

 

 

La inconclusa

A mi padre

I
Una mañana de otoño,
en ayunas, sin demasiados sonidos,
se rindió mi padre.

Podría haber sido cualquier hombre
y afectar a otras vidas. Pero el azar
deviene contingencia, y fue para mí.

Los Alpes nunca se enteraron
de su defección de marzo.
Mi padre es un secreto entrañable
que se devoró la distancia.

 

II
¿Para esto era todo?
¿Para esto Peirone cruzó el Apeiron del mar?
En la noche sudamericana,
sobre el hueco de la ventana
el mundo es una pintura que calla.

Podría haber sido otro hombre
y morir entusiasmado con alguna esperanza,
pero no, soy esta breve ponderación
que enfrenta las tempestades de la moira
como mi padre las del inmenso mar,
uno más, otro que pasa gratis
sin demasiadas respuestas.

Podría ser cualquiera, como en realidad lo soy,
o no ser nada, como tal vez lo sea.
Para esto era todo.

 

 

La duda

En el baño,
arriba de los cepillos de dientes,
cuelga un espejo.
Por las mañanas,
cuando me afeito,
me miro      silente,
inescrutable
y hago preguntas absurdas,
elementales.
Me pregunto, por ejemplo:
¿para qué?
Pero el espejo me devuelve
un rostro incierto,
una vacilación
que mi mano
apenas domina
en la hoja de la navaja.

La duda fluye
y se va con el agua
como un eterno retorno.

 

 

Un día como hoy

Un día ya no podremos partir.
Repentinamente, se habrá hecho tarde.
Roberto Juarroz

Mis ideas no me sueltan, me acunan.

El mundo se oculta y se revela
pero sólo vemos lo que podemos.

Tal vez no deberíamos ser fieles
a nuestros pensamientos.

No sé cuánto habré de vivir.
Desde hace algún tiempo
los minutos viajan para atrás.

Un día como hoy no será hoy
y todo esto tendrá otro sentido,
cuando ya no importe.

 

 

Garrapiñada

Una vida completa tal vez sea aquélla que termina
en tal identificación con el no-yo que no queda un yo para morir

Bernard Berenson en un epígrafe de Clarice Lispector

Mis pensamientos han cambiado
inesperadamente
en el trayecto que va
desde el almacén de la esquina de casa
al Centro Cultural.
No venía de comprar nada,
no iba a ver obra alguna.
Sólo caminaba.
Iba, yo —o lo que de mí
evoca ese pronombre—,
garrapiñada en mano,
paso desahogado,
cuando de pronto me sentí
cansado de Platón.

Certezas y veneraciones
comenzaron a doler con la misma densidad,
se desvanecieron los tributados límites
que me amputaron torso y sensatez,
desolvidé melodías, silencios,
antiguas oquedades.

Así fue como me divorcié
de sus espaldas anchas
y enigmas agónicos.

Ahora ando, quedo,
trashumante,
sin verdad para contar
puro presente,
garrapiñada en mano,
escaso de nombre con el que morir
mientras los leones
rugen lejos.

 

 

Frente a mi ventana pasa Sergio Monteroni

Frente a mi ventana pasa Sergio Monteroni.
Pasea perros, un saco profesional, años.
Tiene la espalda envarada
como cuando era cadete del ejército
y el paso taciturno
como si formara parte del frío, de julio.

Desde mi ventana, Argentina se desconsuela
en la calle, en el silencio de su paso ensimismado.
Puedo chistarle y saludarlo con un brazo en alto. No
hay tanta noche entre sus pasos y mi ventana.
Una rutina, elecciones, restas.

¿Qué pensará Monteroni?
Recuerdo que era dinámico, alegre, etéreo,
incapaz de un no frontal a las damas.
Pero no confesaba su padecer. Como ahora,
que camina oftalmólogo, padre, exitoso.

¿Qué pasa y qué queda
en la noche larga del tiempo?
Habré de morir como él, como todos.
Mi hijo no cantará para mí
ni sus perros rondarán con él,
no mereceremos memoria.
Este instante no habrá ocurrido.

Sus trasegados pasos de oftalmólogo,
el duelo glacial de mi ventana,
la noche abismada, de invierno,
muestran tanto como ocultan.

Monteroni se va, paso literal.
Los remilgos de una suerte común
se expresan en su marcha desangelada,
en los perros jadeantes de julio.

 

 

Errar

Breve tierra,
breve tiempo,
los días y las noches
se acumulan
atrás y adelante
de un instante eterno.

Somos cosas que ocurren
como cosas son las que nos ocurren.

Estirpe de un día,
hijos del azar.

Las cosas son así…
paradoja y voluntad,
incertidumbre,
errar sin remedio.
Lo demás es olvido.

 

 

Invierno argentino

No llores, que viene peor.
No llores, no te van a quedar lágrimas
para mañana.

Hubo llantos verdaderos
que no se pudieron evitar.
Este sí.

El partido recién empieza.
Existir es una ambulancia.
Y el derecho, un pataleo
que termina con la expiración.

No hay nada que esperar,
la suerte es un gesto
que logra condicionar el universo.
La metafísica no da respuestas,
—como Dios— lo suyo es callar
y envidiar la vulgaridad desde lejos.

Más allá de nosotros,
el frío de julio
da nueces para seguir cogiendo
y endulza las naranjas.

 

 

Asociación ilícita

Fui hombre de palabra,
esa cicatriz sonora
con que ahora me toca naufragar
era mi hierro.
Días y noches,
cuerpos y caminos
saben de mi
orgullo de alambre.

Ahora quedo yo
y cada uno de los orificios
en los que agoniza
quebrada
toda la civilidad.
Besar, oler, oír.
Mear y cagarme.
Regar de espermas
tierras y vientres
como quien labra
un país arrasado.

Quedan juramentos vanos,
injurias fatales,
desobediencias necesarias,
asociaciones ilícitas
en el ominoso purgatorio
global.

Es lo que hay.
Combates peregrinos,
tal vez insuficientes.

 

 

El cuchillo de Celan

En este libro
la línea escrita
con una esperanza hoy
en la palabra de un pensador
que llegue al corazón.

Paul Celan en el cuaderno de visitas de Heidegger

Como un cuchillo desconsolado
entierro mi oído en corazones viejos,
sabios que alguna vez prometieron.

Una y otra vez
mojado en sangre oscura
clavo el grito
en el cuerpo cavernoso de Minerva.
Veo las entrañas viscosas, negligentes.
Pero no hay nada que buscar.
Los anuncios de amor
cayeron en desgracia.

Blasón pesaroso de los poetas.
Silencio cunde.
Los labios de la herida no hablan.

Escupo el suelo
y pateo el camino
de polvo y paja.

Corazón sigue
desastrado. Y nada…

Viento transido
el de julio.

Noviembre
queda lejos.

 

 

Estar

Estar. Pasar
haciendo cábalas
por el camino
que lleva a la salida.

Hubo veranos, plagas.
Martes de sol para otros.
Noches aciagas.
Besos de agua.

Lo primero viene antes,
dicen los españoles.
Dios siempre llega tarde,
para redimir lo que no debió ocurrir.

La sustancia
es un dolor contagioso.

La vida
mi muerte.

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