Raros

Dicen que Cesare Pavese se pegó un tiro en el alma. Que fue el tiro de gracia. Un acto de misericordia con su cuerpo dolido y enamorado. Dicen que estaba solo, que se acostó vestido, y que se ametralló con dieciséis tubos de somníferos. Dicen, y dicen por acá, en esta remota planicie despojada de grandes hidalguías, con la voz apagada, sin saber bien por qué sienten vergüenza, que era un poeta italiano, del norte, y que era “raro”.

Las biografías cuentan, con cierta distancia aséptica, que desde temprana edad, Cesare Pavese había demostrado un insistente interés por la poesía, la literatura norteamericana y la mitología griega. Que escribía y que mostraba sus escritos a cuanta persona se cruzara en su camino. Que era laborioso, pertinaz, y que todos en su pueblo sabían que el encuentro con ese sujeto desgarbado, carente del común sentido de la oportunidad, implicaba someterse a una pesada sesión de lectura en la que Pavese, de manuscritos ilegibles, con voz ronca, extraía poesías. Todo eso cambió un día ya viejo e inmortal, cuando llegó ante sus amigos poetas con  i mari del sud. Ese día supieron que estaban en presencia de un poeta mayor, y sin reverencias, con silencio, como se estila en el piamonte, lo ubicaron en el lugar que le correspondía.

Los mares del sur, comienza con palabras sencillas: caminamos una tarde por la ladera de un cerro/ en silencio. En la sombra del tardo crepúsculo/ mi primo es un gigante vestido de blanco,/ que se mueve pausado, con el rostro bronceado,/ taciturno. Callar es nuestra virtud./ Algún antepasado nuestro debió encontrarse muy solo/ —un gran hombre entre idiotas o un pobre loco—/ para enseñar a los suyos tanto silencio. Son versos de una “desesperante trivialidad” —como él mismo los describiría años más tarde—, un logro que no pudo alcanzar sino después de “innumerables tentativas”.

Hace poco tiempo atrás, las pantallas de cine de nuestro país proyectaron una coproducción ítalo-norteamercicana. Big Night. La película es una poesía hecha imagen, un relato cadencioso, en el que dos hermanos italianos, Primo y Secondo, tentados por el american dream, llegan a Estados Unidos y deciden probar suerte con un restaurante de comidas típicas en New Jersey. Primo, el hermano mayor, es el cocinero del restaurante; es un artesano vestido de blanco, que se mueve pausado, taciturno. Primo no negocia el buen gusto de la comida. A Primo no le importa el costo de su porfía extemporánea, sabe que es el portador de un saber antiguo y que sin él se termina su especie. El argumento del film se sostiene, con increíble y conmovedora sencillez, en las exigencias de concesión que les impone el mercado a Primo y Secondo si pretenden ser exitosos como el restaurante de la esquina, en el que “se sirve lo que la gente quiere comer”, sin preguntar nada, sólo limitándose a dar de comer y a distraer la fatiga de americanos que llegan sin ganas de profundizar nada, sólo a comer. El dueño de ese restaurante es otro italiano que, con ademanes exagerados como el duce, sabe “qué es bueno para la gente”; un patan que simulando preocuparse por el destino de sus compatriotas, promete derivarles uno de sus famosos y renombrados clientes, acelerando la debacle económica de los hermanos, que deben invertir todos sus ahorros para una gran noche, a la espera de un famoso hombre que nunca llega, que no sería más que el final.

Primo, como el primo de Cesare Pavese, viste de blanco. Ambos, de movimientos pausados, taciturnos, con un silencio heredado de quién sabe qué antepasado, y el semblante decidido, no pertenecen a ningún lugar: son “raros”, son extraños que no tienen territorio. Las categorías con las que conducen sus vidas ya no existen, están perimidas, pertenecen a una época remota, en que los dioses no dormían, y los hombres desobedecían, y pretendían el fuego sagrado a pesar de las condenas que implicara la sola imaginación de ese acto.

Uno, el primo, recorrió los mares del sur y volvió a Italia cuando lo daban por muerto. El otro, Primo, cruzó el mar hasta América. Uno, mercaba caballos, y soñaba con arrebatar todos los animales del valle del Piamonte y obligar a la gente a comprarle motores. El otro, es un exquisito cocinero, prepara rissotto como si el mismísimo Dios condujera sus manos, y sueña con enseñarle a los americanos a no pedir comidas rápidas, a disfrutar de la alquimia exacta que se produce en los cuerpo cuando se degusta un plato artesanal. Pasó el tiempo para los dos. Y, después, uno dijo: el animal más grande de todos he sido yo. Debería haber visto que aquí bueyes y gente son de la misma raza. Y el otro, exhausto, después de haber peleado con su hermano: esta tierra nos está comiendo vivos. No estoy dispuesto a hacer ningún sacrificio. Prefiero morir yo antes que mi oficio.

Increíble. La libertad, aquel adalid por el que se donaba la vida, ahora es un remedo lejano de sí misma, un aliado del poder que confía en la complicidad de la gente, de nosotros. Primo, y el primo de Cesare Pavese son “raros”, y no pueden confiar en nadie, han quedado solos, con movimientos pausados, taciturnos.

Cesare Pavese, desde siempre, tuvo los ojos bien abiertos. Vio, y vio demasiado. En 1936 lo confinaron durante un año por oponerse al régimen fascista de la Italia de entonces. Se enamoró perdidamente de la actriz norteamericana Constance Dowling, pero su amor no lo correspondió. Había heredado la “rareza” de su primo. Y, no pudo volverse ciego. Su alma, sin salida, se enfermó de sueños. Lo demás, vivir, ver, era un tormento, carne que se tumoriza para acercar el final. Entre las anotaciones finales de su caro diario, escribió: Nada, siempre nada. ¿Cómo acostumbrarme? Ahora el dolor invade también las mañanas? El puñal que abría la herida mortal del sentido se iba de su cuerpo y dejaba un hueco caliente, sin solución, sangrante.

No sé qué nos pertenece de estos primos “raros”, sólo sé que sin ellos, al mundo le falta un tornillo.

El 27 de agosto de 1950, en el hotel Roma de Turín, a pocas cuadras de otro hotel, del que en 1889 retiraron, casi como un presagio, los restos extraviados de otro “raro”: Federico Guillermo Nietzsche, Cesare Pavese, llevó hasta el último lugar las palabras de Primo. Prefirió morir él, antes que su agónico oficio: el de vivir, el de poeta.

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